Preguntas de la teoría a la práctica y viceversa

Desde Hooper-Greenhill, la diferencia no es solo “estética” o de estilo museográfico: es un cambio en cómo el museo produce conocimiento. Un museo centrado en objetos tiende a organizar el sentido desde la autoridad de la colección: selecciona, clasifica y presenta piezas para sostener un relato donde el objeto funciona como evidencia, y el visitante suele quedar en posición de receptor de una interpretación ya armada. En cambio, un museo centrado en experiencias desplaza el foco hacia la construcción de significado en la visita: no basta con catalogar por rasgos intrínsecos; se conectan los objetos con vidas, contextos, conflictos y memorias, y el público pasa a ser parte del mecanismo que hace “funcionar” la exposición (por eso se vuelve crucial conocer a las audiencias y coreografiar la experiencia).

¿Cuál ayuda más a construir significado? En la lógica de la autora, el museo centrado en experiencias suele favorecer más la construcción de significado porque reconoce explícitamente que el sentido no es fijo ni esencial en el objeto, sino que se reconstruye según marcos de saber, dispositivos de exhibición, narrativas y posiciones de público. Eso no significa “menos rigor”: significa aceptar que el museo es una “máquina de significación” y que su potencia está en reabrir interpretaciones y volver discutibles sus verdades, en lugar de presentarlas como naturales o neutrales.

Desde los planteamientos de Hooper-Greenhill, no “decide” una sola persona en abstracto: decide una red institucional (dirección, curaduría, comités de adquisiciones, patronatos, Estado/autoridades, donantes y, a veces, el mercado) operando dentro de un marco histórico de conocimiento y de relaciones de poder. La clave es que esa decisión nunca es neutral: al seleccionar, el museo construye lo visible y define qué cuenta como conocimiento legítimo en ese momento.

Los criterios que la autora te haría “imaginar” detrás de la selección suelen combinar (y a veces tensar) varias capas:

* Criterios epistemológicos (qué se considera “conocimiento”): qué tipos de objetos son aceptables como evidencia, cómo se clasifican y qué relatos permiten sostener. Si cambia el marco de saber de la época, cambia también lo coleccionable y lo valioso.

* Criterios institucionales y museográficos: coherencia con la misión, fortalezas y lagunas de la colección, posibilidad de catalogación, conservación y exhibición (espacios, recursos, especialidades). La entrada de una colección reorganiza el museo por dentro.

* Criterios políticos e ideológicos: construcción de identidades (nacionales, coloniales, de clase), legitimación cultural, prestigio. Lo que entra puede reforzar un relato hegemónico o disputarlo, pero siempre toma partido.

* Criterios económicos y de oportunidad: disponibilidad en el mercado, donaciones con condiciones, patrocinio, costos de adquisición y mantenimiento. En contextos de recortes, las decisiones se vuelven aún más “estratégicas”.

* Criterios de público y educación (cuando el museo se legitima como educativo): qué experiencias y aprendizajes se quieren habilitar, qué debates contemporáneos se desean activar, qué audiencias se buscan incluir o atraer.

Para Hooper-Greenhill, lo que entra a la colección no es “lo mejor” de forma universal, sino lo que encaja (o sirve) en un sistema de clasificación, una política cultural y una racionalidad histórica que el museo ayuda a producir y sostener. El museo no solo guarda objetos: fabrica mundos posibles con ellos.