La gestión cultural en los museos: articular personas, proyectos y sentidos

Hablar de gestión cultural es hablar de una actividad que muchas veces permanece detrás de las exposiciones, los programas educativos, los festivales, las publicaciones y las experiencias que vivimos en los museos. Cuando una exposición abre sus puertas, una comunidad participa en un proyecto patrimonial o un museo establece una alianza con otra institución, existe un trabajo previo de investigación, planeación, diálogo, administración, negociación y seguimiento. La gestión cultural hace posible que una idea encuentre las condiciones necesarias para convertirse en una experiencia cultural con sentido.

Durante muchos años, buena parte de este trabajo fue realizado por promotores culturales, educadores de museos, investigadores, artistas, comunicadores y responsables de espacios culturales que aprendieron a gestionar desde la práctica. Con el tiempo, la complejidad de los proyectos, la necesidad de administrar recursos, la búsqueda de financiamiento y la vinculación con comunidades, instituciones y públicos hicieron visible la necesidad de profesionalizar esta actividad. Así comenzó a consolidarse la figura del gestor cultural como un agente capaz de conectar los contenidos culturales con las personas, los territorios, las políticas institucionales y los recursos disponibles.

28 de junio: comunidades LGBTTTIQ+ en la transformación del museo.

Repensar el 28 de junio desde la colectividad LGBTTTIQ+ y museologías trans, cuir y disidentes implica reconocer que el museo no es neutral. Es una máquina de legitimación, pero también puede ser una plataforma de reparación simbólica, escucha y producción compartida de conocimiento. La pregunta central no es: “¿qué actividad haremos para el Orgullo?”
La pregunta es: ¿qué debe cambiar en nuestra estructura para que las personas, memorias y comunidades LGBTTTIQ+ no aparezcan solo como tema, sino como parte activo de la vida del museo? Un museo verdaderamente inclusivo no es el que tolera la diferencia, sino el que permite que la diferencia transforme sus formas de mirar, nombrar, ordenar, conservar, investigar y mediar.

Tecnología, imaginación y cuerpos en la experiencia cultural y artística

Repensar la experiencia cultural y artística hoy exige mirar de frente tres dimensiones que atraviesan de manera profunda la educación contemporánea: la tecnología, la imaginación y los cuerpos. Valorarlos como aspectos de lo humano que reorganizan la manera en que percibimos, aprendemos, creamos, participamos y construimos sentido, cultura y expresión artística. En el ámbito de la escuela, el museo y otros espacios culturales, estas tres dimensiones plantean preguntas de fondo sobre qué entendemos por experiencia educativa y qué condiciones hacen posible una relación significativa con el arte y la cultura.

Diseñar una buena experiencia no consiste solo en “dar más información”, sino en crear condiciones de encuentro.

Volver a revisar Learning from Museums (2000), John H. Falk y Lynn D. Dierking, a pesar del tiempo implica romper (en constante) con una idea muy cómoda para algunos museos con visión tradicional (que operan más de lo que quisieramos): “si la exposición es buena, el visitante aprenderá lo que el equipo quiso comunicar”. Ellos muestran que la experiencia en el museo es un evento situado, no una transferencia de contenidos. El aprendizaje ocurre como proceso y producto (verbo y sustantivo), es acumulativo y se construye a lo largo del tiempo, no solo dentro de la sala del museo en una exposición temporal o permanente. 

Pregunta: ¿educación o mediación?

La reflexión sobre estas preguntas aparece con fuerza al leer a Mila Chiovatto sobre los enfoques de educación y mediación, nos lleva a pensar qué tipo de experiencias estamos diseñando en el museo, qué lugar ocupa el educador en la institución y qué evidencias tenemos de que nuestro trabajo realmente transforma algo.