Reflexiones de un(a) educador(a) de museos.(parte 2)

Este es el segundo de los textos que un(a) colega ha elaborado y que amablemente comparte con todos nosotros, solo nos solicita permanecer en un espacio y tiempo intermedio, en un punto de inflexión, desde un espacio físico y virtual del museo en el que lo ve todo y en el que pasa inadvertido; un lugar privilegiado desde el que se desdobla, se convierte en un solo educador y a la vez en el espíritu de todos nosotros, allá en cualquier parte del mundo.

Continuamos…

He podido comprobar que ese espíritu crítico, (esa reflexión sobre el propio desempeño y la idea de transformar las prácticas dando mayor espacio al otro como sujeto protagonista y por tanto experto en su propia vivencia), no pertenecen solo al mundo de la educación en los museos. Son reflexiones que están presentes entre los profesionales de la enseñanza, la cultura, lo sociocomunitario, el sector salud e incluso dentro de lo político.

¿No deberíamos generar redes interdisciplinares que fomentaran la independencia y el liderazgo de nuestros públicos?

¿No deberíamos plantear y acompañar a las personas en el camino a conocer los recursos y posibilidades que les ofrecen las instituciones y la cultura?

¿Es real pensar que alguien nos va a usar cuando no se le ha permitido formar parte del diseño que necesitan?

¿Hemos preguntado qué necesitan o lo decidimos por las personas?

¿Realmente queremos que tengan voz en el museo o sólo queremos que vengan como nosotros deseamos?

Cuando uno no encuentra espacio para ser, lo normal, es la ausencia o la disidencia.

Sinceramente creo que nuestras prácticas pueden ser, de hecho lo han sido, un motor de cambio para la institución. Pero también está claro que si queremos que ese cambio se dé debemos replantearnos desde dónde y para quién trabajamos y cuál es el eje fundamental de ese trabajo.

¿Debemos seguir pensando sólo en los contenidos como eje principal de nuestras prácticas o debemos poner en el centro a la persona?

¿Qué otros profesionales y otras prácticas nos pueden ayudar en ese camino de encontrar y transformar nuestro trabajo con el público?

¿Cómo transformar la idea de museo que hemos creado durante años en la gente?

¿Cómo mostrarles las posibilidades del museo y hacerles conscientes de que es un lugar de participación en el que tienen que tener voz?

En otras ocasiones me he encontrado que ha sido el propio equipo del museo el que ha bloqueado las intenciones de evolución de las prácticas educativas al entender que esos cambios podrían alterar sus derechos adquiridos y funciones. He conocido educadores, que teniendo la oportunidad de participar en los proyectos y vincularse a ellos, han preferido realizar talleres preestablecidos que no se vinculaban directamente a los proyectos o al discurso. Eso me hace preguntarme:

¿Cómo estimular y romper inercias en los equipos de trabajo?

En un ámbito altamente vocacional como el de la educación ¿qué hacer para entusiasmar e involucrar en los proyectos al personal de la institución?

¿Cómo generar procesos de autoevaluación que permitan romper esas inercias adquiridas?

¿Cómo generar las transformaciones no desde el enfrentamiento sino desde el diálogo y la participación?

Otro de los problemas que surge a menudo es la falta de definición profesional y la precarización del sector. En numerosas ocasiones la formación, cuando la hay, está en manos de profesionales más vinculados a la investigación académica que cuentan con poca o ninguna experiencia profesional en la educación en museos. En otras ocasiones la indefinición del perfil profesional conlleva una precarización de la figura del educador de museo que queda a expensas de subcontrataciones, como colaborador externo o freelance.

Dentro del mismo colectivo surgen figuras como la del artista educador que aunque enriquecen el panorama de trabajo en la frontera de los perfiles profesionales no deja de crear a veces más confusión a un ámbito y a un rol que parece que no acaba nunca de definirse y consolidarse a nivel institucional.

 ¿Cuál debe ser el perfil profesional de un educador?

¿No debería ser la figura de educador o mediador una figura definida en cualquier institución pública de tipo cultural?

¿Dónde está la formación académica para el ejercicio del rol de educador de museos?.

¿No deberían tener las áreas de educación de los museo un peso específico en ese perfil formativo?

¿No debería ser la práctica una parte fundamental de las mismas?

Al final, por muchas de estas cuestiones y otras más existe una gran contradicción entre muchos de nuestros discursos teóricos y nuestras prácticas educativas. Cada vez hablamos más de la participación; hablamos de que sea el visitante el que construya la experiencia en el museo. Hablamos de fomentar el liderazgo, de generar espíritu crítico de los discursos no hegemónicos, de la multiplicidad de perspectivas y otras ideas parecidas que ayuden a generar aprendizajes significativos y que conviertan al museo en un espacio social y democrático.

Sin embargo, seguimos trabajando tanto desde la curaduría y la museografía educativa como en las prácticas presenciales desde la estandarización de nuestros públicos y su segregación por grupos de aprendizaje y de población.

Seguimos sin tener en cuenta a sectores que se quedan fuera. Estos colectivos que no se acercan no lo hacen sólo por las barreras físicas y económicas que pueden impedir su acceso al museo y sus contenidos, (que también sucede pero hacia lo que hay cada vez mayor sensibilidad), sino por la barrera que supone el sentir el lugar como algo ajeno a su realidad. Un lugar donde se les habla a las personas en un lenguaje específico que tiene poco o nada en cuenta sus necesidades y su vida.


Personas con diversidad funcional intelectual, física , psíquica o personas en riesgo de exclusión conforman grupos de población a los que la participación en espacios de prestigio social y cultural como los museos permiten ser visibilizados en igualdad. Aquella que se da por medio de un nexo normalizador como debería ser la cultura, pero para que esto se de:

¿No deberíamos crear diálogos con los profesionales que trabajan con esas poblaciones?

¿No necesita la educación en el museo transformarse en un recurso para la presencia y las necesidades de estas personas y los que trabajan con ellas igual que lo es para la escuela?

Si hablamos del museo como espacio, crítico, político y democrático, ¿ no deberían estar sus voces presentes?¿no tendría el museo que mostrarnos el valor de la diferencia y replantearnos la idea de normalidad? ¿no es la diferencia una riqueza y un patrimonio?

Si seguimos usando los lenguajes específicos como generadores de diferencias, clases y categorías ¿para qué servirá nuestro trabajo? o ¿para quién? realmente ¿seremos agentes de un diálogo social como pretendemos o cómplices y herramientas dóciles de un sistema de exclusión?

Desde el 2006, con la  Convención de Derechos de las personas con Discapacidad y con la creación del modelo de derechos humanos, se determina que la discapacidad resulta de la relación de un individuo con su entorno, en donde su funcionalidad está directamente relacionada con los ajustes aplicados al medio en donde se desenvuelve. Esto significa, que la discapacidad no está en la persona que tiene alguna limitación, sino en la relación de esta persona con un medio que puede ponerle barreras y excluirla o, por el contrario, aceptarla y brindarle los ajustes para que pueda desenvolverse funcionalmente dentro de su medio físico y social.

Así que la ecuación no deja un saldo muy favorable de nuestro lado.

Si es el la relación con el contexto la que genera la condición de discapacidad de la persona…¿A cuántas personas estamos dejando fuera?, ¿Cuál es nuestra responsabilidad?¿Cuántos contextos de discapacidad estamos creando a través de la cultura, el lenguaje y el conocimiento?

Es habitual que los contenidos pedagógicos se conviertan en traductores de la información y del discurso de la institución o del curador y no en espacios abiertos que generen experiencia. Que las hojas de sala, cedularios y otros materiales sean acotaciones aclaratorias que están en términos que presuponen y esperan un nivel mínimo del visitante.(..al menos, debe saber leer).

¿Qué pasa con toda la población que queda fuera de todos esos supuestos cognitivos que damos por hecho?

¿No deberíamos plantear experiencias que sumarán y no que restaran?, ¿Está nuestro límite en  la lectoescritura y lo dialógico?

¿No son lo sensorial, lo experiencial otras formas de conocimiento?

¿No deberíamos dar cabida a otros discursos y entender que también la ciudadanía es portadora de un caudal de experiencia vital que conforma todo un patrimonio cultural intangible?

Siempre he creído que una de nuestras labores es hacer consciente al otro no de lo que no sabe, sino de todo lo que porta sin ser consciente a veces de ello, de que todos somos parte del acervo patrimonial y que por tanto tenemos la posibilidad, la oportunidad pero también la obligación y el derecho de participar y transformarlo. Obligación nuestra por tanto es crear y ceder espacios, acompañar al público hasta que sintiéndose seguro en el contexto  podamos establecer un diálogo verdaderamente horizontal.

Creo que es interesante recordar que se hizo la adición del párrafo noveno al artículo 4o. de la Constitución Mexicana, en el que se dice:

    “Toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfrute de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el ejercicio de sus derechos culturales. El Estado promoverá los medios para la difusión y desarrollo de la cultura, atendiendo a la diversidad cultural en todas sus manifestaciones y expresiones con pleno respeto a la libertad creativa. La ley establecerá los mecanismos para el acceso y participación a cualquier manifestación cultural.”

Y que por tanto debería ser deber nuestro no solo informar y acercar contenidos, sino hacer de puente en el dar voz, espacio y generar confianza; Trabajar en transformar la idea de que el arte, el patrimonio y la cultura son para todos, pero sólo una elite lo sabe.

Me gustaría quedarme, para terminar,  con las ideas de inclusión, escucha, respeto, duda y transformación como resumen de estos años y de este viaje.

Y tú ¿que piensas?

Parte 1

Gracias a ti querido(a), colega, complice, espíritu reflexivo por este texto cuyas reflexiones comparto, gracias a todos aquellos educadores de museos en todo el mundo que están ahí también y que se identifican, cuestionan, dialogan y actúan en consecuencia en sus diversos ámbitos y derroteros de la educación no formal!!

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