Reflexiones de un(a) educador(a) de museos. (parte 1)

“La escritura, cuando está bien hecha, (como estarán seguros de que yo mismo pienso que está la mía) no es sino otro nombre para una conversación: Igual que nadie que sepa que está en buena compañía, se aventuraria decirlo todo; así ningún autor, que entienda los correctos límites del decoro y la buena educación, podría presumir que fuera a pensarlo todo él: El respeto más auténtico que puedes ofrecer al entendimiento del lector, es el de repartir la cuestión en dos, amigablemente, y dejarle algo que imaginar, por turnos, igual que a uno mismo.”

               Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman,  Laurence Sterne, 1759 (Libro II, Capítulo XI,)

Este es el primero de dos textos que un(a) colega ha elaborado y que amablemente comparte con todos nosotros, solo nos solicita permanecer en un espacio y tiempo intermedio, en un punto de inflexión, desde un espacio físico y virtual del museo en el que lo ve todo y en el que pasa inadvertido; un lugar privilegiado desde el que se desdobla, se convierte en un solo educador y a la vez en el espíritu de todos nosotros, allá en cualquier parte del mundo.

Sus palabras, van más allá del tipo de museo, de los años de experiencia o punto del planeta al que pertenezca, nos invita a reflexionar y poner en la balanza quienes somos, lo que hacemos, donde estamos y hacia dónde queremos llegar, ser o estar.

Venga entonces…

Hablar sobre lo que es un museo hoy en día, es algo complejo que va más allá de la idea de continente y contenido, de formatos o funciones. En cualquier definición, por amplia que sea, siempre hay aspectos y modelos que se quedan fuera.

Creo que las ideas que más me interesan son las que entienden el museo como un espacio de encuentro social con un acervo patrimonial que forma parte de la construcción de la identidad comunitaria, emocional, cultural o histórica. También me preocupa la visión del museo como un espacio de reflexión y diálogo con uno mismo y con otros a través de la interacción con elementos de la producción humana.

Considero más fácil poner el foco no en qué es el museo, sino en la cantidad de museos que puede haber dentro de un mismo museo y en cómo este funciona, a la manera de un ecosistema complejo con múltiples planos de lectura y de significado, en función del lugar desde el que lo observemos y vivamos.

Entender el museo como un espacio de definición limitada y estática, frente a la visión del museo como una interconexión de significados que construyen una realidad dinámica, es limitarlo a su continente y contenido olvidando así a las personas y a las comunidades que le dan soporte, por y para las que existe. Comprender el museo centrándose únicamente en su continente y contenido, en el estudio académico de sus colecciones y en la transmisión de esos conocimientos convierte al museo en una lección magistral donde se entiende al otro como un elemento pasivo situandolo  en la parte baja de una jerarquía en la que debe recibir y absorber ese discurso.

Si ponemos el foco en un conocimiento preestablecido y jerarquizado se abre una brecha con una parte de la comunidad  marcando que existe un grupo dominante que define un modelo único y determina las reglas del juego. Unas reglas que dejan al otro  en una situación de desigualdad e inferioridad, excluyéndolo y apartándolo.

Desde ese posicionamiento, marcando la carencia del otro y decidiendo por él lo que necesita,  no solo se genera una ruptura con el público, sino que una parte de ese público potencial sentirá el museo como un espacio ajeno en el que no se encuentran cómodos, pareciendo que el  hecho de estar y visitar es un acto de consumo cultural donde recibir ese conocimiento y por tanto una manera de acercarse a esa élite.

Por fortuna, creo que cada vez menos gente en el ámbito profesional de la educación en museos acepta esa lectura donde se mira al visitante desde esa otredad, posicionándose y planteándose su práctica desde una alteridad donde poder establecer un diálogo con el otro como un igual, a pesar de las diferencias…¿o no?

Desde esta mirada la educación y el museo  son espacios para la relación, para el encuentro. Ese debería ser su sentido; vivir ese encuentro desde la posibilidades de ser de cada uno y no desde las que nosotros consideramos que debería ser.

Entiendo el museo  no como un espacio de conocimiento dado, sino como un lugar para el encuentro, el descubrimiento, la sensación, la emoción, la experiencia, la reflexión, el cuestionamiento, el extrañamiento, la identificación y en definitiva para el diálogo y el aprendizaje.

Creo que, a lo largo de mi viaje como educador de museos, ha sido esa idea del otro lo que me ha permitido ir descubriendo y cuestionando tanto mi rol profesional como las  prácticas educativas de las instituciones en las que he trabajado o que he conocido. Un aprendizaje que me ha llenado sobre todo de preguntas más que de certezas, creando espacios de diálogo, discusión y abriendo puertas a pensar sobre las posibilidades y los rumbos factibles.

Es ese contacto con las personas lo que me han hecho preguntarme cosas como: ¿para qué viene la gente al museo? ¿quiénes vienen y por qué vienen? ¿quiénes no vienen y por qué no vienen?

Y por supuesto surgen también cuestiones como: ¿qué piensan? ¿quiénes son? ¿cómo es su vida? ¿qué cosas les interesan?, qué necesitan del museo y de mí como educador.

Todos los que trabajamos en educación en museos nos hemos hecho estas y otras preguntas en algún momento. Preguntas  que han hecho evolucionar nuestra práctica o la han transformado en la medida en que la flexibilidad y permeabilidad de   los contextos e instituciones han dado espacio a esos cambios.

Hemos recibido el legado de un proceso que comienza a principios del siglo XX y que tiene un importante capítulo en la década de los 60. Somos herederos de ese acervo en educación y museos y somos las generaciones que en el cambio de siglo intentan renovar, ampliar y transformar esa herencia en algo acorde con una sociedad en permanente crisis. Una sociedad que necesita hacer del patrimonio y de la cultura algo más que un producto de consumo para desarrollar su potencial como herramienta para la transformación y para el cambio.

Por eso me gusta entender que nuestras herramientas deben trascender lo pedagógico para ampliarse a través de lo andragógico con los principios,  de participación, horizontalidad ,flexibilidad que le son propios.

Son muchas y muy valiosas las experiencias en el ámbito de la educación en museos y tenemos un trabajo pendiente la formalización de todo el legado que a través de años de esa práctica hemos generado como educadores de museos.

Un corpus de conocimiento que el día que podamos ver recogido, compilado y formalizado nos asombrará a nosotros mismos por su extensión y por las posibilidades que abre.

A veces, en jornadas, congresos y dialogando con colegas, he sentido que nos falta cierta autocrítica.  Y esta falta de crítica me lleva a pensar que vivimos en el miedo a ser cuestionados en nuestras prácticas. Un miedo  que nos hace construir una narración del éxito, un hilo temporal y una geografía de los logros, que es importante. Pero, también tengo la sensación de que si sólo narramos desde esa posición nuestras experiencias olvidamos el valor del error como eje del conocimiento.

Creo que el gran congreso pendiente es el de las experiencias fallidas, el de los errores de cálculo, el de haber decidido por otros y darnos cuenta  del desacuerdo entre objetivos y logros. Una toma de conciencia sincera y real que nos permita conocernos y hacer la reflexión sobre los porqués y los cómos de esas prácticas. A veces nos pesa lo institucional o la necesidad de justificar lo hecho y lo vivido y se nos olvida la grandeza del  error como herramienta de aprendizaje.

Sinceramente creo que de ahí nace mucho del extrañamiento que se da a veces entre nuestros supuestos teóricos y nuestras realidades prácticas. Entre lo que pensamos,lo que decimos, lo que hacemos y lo que contamos que hemos hecho.

Mi experiencia es que la mayoría, o al menos es mi caso, hemos trabajado entre los márgenes de lo dado y lo posible, moviéndonos en procesos de acción y reflexión situados en la tensión que se produce entre la voluntad de mejora y transformación y la inmovilidad y la inercia de otros elementos del ecosistema del museo o de fuera él.

He conocido museos con grandes afluencias de público donde desde la curaduría y  la dirección había una clara intención de generar experiencias dialógicas con el visitante. Se buscaba que el visitante cuestionara el propio discurso institucional para abrirlo al diálogo y la reflexión sin embargo resultaban proyectos, muchas veces, fallidos  porque la realidad que se escondía tras el número de visitantes era la visita obligatoria desde la escuela para copiar por ejemplo las cédulas como tarea de clase, o fotografiarse dentro del museo para demostrar su asistencia.

Entonces me pregunto:

¿Sirven de algo esas transformaciones de nuestras prácticas si no van de la mano de ámbitos profesionales como la escuela?

¿No deberíamos plantear un proceso de encuentro, crítica y transformación de nuestras prácticas con esos profesionales que nos entienden como un recurso en su quehacer cotidiano?

¿Debemos seguir creando instrumentos sin contar con la realidad de los contextos de las personas que los van a usar?

¿No deberían ser las dinámicas de mediación una parte fundamental de los discursos expositivos?

¿Cómo deben ser esas labores de mediación y esos recursos para dar lugar y espacio al diálogo con el otro, a la crítica y al cuestionamiento?

Continuará…

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